Los hombres no lloran (aunque deberían)

 

Hace poco ocupaba algunos titulares un hecho que para muchas nos es cotidiano, pero que no lo debe serlo tanto si precisamente ha llegado a ser noticia. Pablo Iglesias llorando tras conseguir el nuevo gobierno de España los votos necesarios en el Congreso para conformar un ejecutivo de coalición progresista. Lágrimas. Lágrimas en un hombre. Lágrimas en un hombre en el hemiciclo, con todas las cámaras y fotógrafos inmortalizando el momento. ¿Acaso es tan difícil de conseguir? ¿Acaso los hombres no lloran?

Esa imagen se da en contadas ocasiones. Sobre todo, en eventos deportivos. Todos hemos visto llorar a Rafa Nadal, o a Casillas, o a Fernando Alonso, ganando o perdiendo en sus finales importantes (sobre todo lo primero). Pero poco más. Ver a un hombre llorar todavía sigue siendo noticia, por inusual. Parece que solo se permite en ciertos estratos y contextos. Los políticos no lloran, los banqueros no lloran, los empresarios no lloran. No, al menos, en público y delante de las cámaras.

“Los hombres no lloran”, “llorar es de nenazas”, “no llores, sé un hombre”, y frases de este tipo siguen estando bien presentes en nuestra sociedad. Y ahí está la trampa. Un machismo que oprime no solo a hombres, sino que afecta también, cómo no, a las mujeres. Las lágrimas se asocian a debilidad, y la debilidad al sexo femenino. Y si eres un “hombre de verdad”, deberás alejarte de parecerte a una mujer lo máximo posible, porque ser mujer está mal. Ese es el peldaño final de esta trampa del patriarcado, a través del cual y durante siglos se han ido definiendo los roles según el sexo: el hombre debe ser el fuerte (y soportar esa presión), y la mujer, la cuidadora-sufridora-histérica-emotiva. 

 

Confundir vulnerabilidad con debilidad

La expresión de sentimientos y emociones a través de las lágrimas es un ejercicio sano, biológicamente hablando. Se llora para descargar rabia, para sobreponerse a la presión o ante una situación hiriente. En definitiva, llorar es mostrar sentimientos. Así, la represión de esos sentimientos aflige en mayor medida a los hombres, quienes están peor vistos por la sociedad si hacen gala de esas emociones. Y, ¿por qué están peor vistos? ¿Por qué es una cualidad negativa si lloran? Porque entonces se parecen más a las mujeres.

En un mundo donde se les exige máxima competitividad, testosterona a flor de piel, y ser, en definitiva, machos alfa constantemente, los hombres que lloran y expresan sus emociones tienen las de perder.  O al menos eso es lo que les está diciendo la sociedad. Tanto desde la más tierna infancia hasta la adultez, mostrar vulnerabilidad parece estar penalizado. Como quien oculta que acude a un psicólogo o psicóloga o coach para que les ayuden a entenderse mejor a sí mismos. Sigue siendo un tabú en muchos ámbitos, porque es símbolo de debilidad.

Si lloramos, reflexionamos sobre nuestras emociones y no las rechazamos. Si lloramos tendremos menos probabilidades de ser una bomba de relojería. Evitaremos comportamientos emocionalmente extremos, como la tristeza absoluta o la violencia. Expresar los sentimientos ayudará a que las otras personas puedan empatizar con nosotros, comprendernos y ponerse en nuestro lugar.

Se confunde vulnerabilidad con debilidad. Mostrar tu vulnerabilidad, aprender a decir “no sé”, o “estoy mal”, llorar, mostrar tus emociones, te acerca a los demás. Mejora tu conexión con tu entorno. Se suele relacionar mostrar nuestras facetas más vulnerables con exponerte a que los demás te ataquen, pero en la realidad no es así. “La más peligrosa de todas las debilidades es el temor a parecer débil”, decía el intelectual francés Jacques Benigne Bossuet.

Es así como, en última instancia, el hecho de que a los hombres se les presione para que no muestren sus emociones, provoca un perjuicio en las relaciones entre nosotros como iguales, ayuda a consolidar una desigualdad implícita entre hombres y mujeres en las interacciones afectivas y nos impide avanzar hacia una sociedad menos patriarcal y opresiva. 

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