El dolor del desamor -romántico y tóxico-

 

Sin dormir, sin comer, sin poder sonreír, con la mirada perdida…seguro que os habéis encontrado alguna vez a alguien con estos signos en su rostro. Son evidencias del dramático panorama que deja una ruptura sentimental. ¿Quién no ha pasado nunca por un trance similar o conoce a alguien a quien este proceso le haya dejado hecho polvo? ¿Por qué cuando nos rompen el corazón -bastante dramática expresión también, por cierto- nos quedamos devastadas? 

 

La respuesta está en el amor romántico. Ese modo de amar aprendido en las sociedades occidentales, alimentado por la literatura, el cine y el patriarcado, o lo que es lo mismo, directamente alimentado por el patriarcado. Una manera de estructurar y organizar a la sociedad en la que a la mujer y al hombre se les designan roles muy tipificados, muy concretos. Estos papeles que nos han otorgado suelen dejar a la mujer en una frágil posición y, aunque los hombres también padecen por amor, hay estudios que demuestran que las mujeres sufren más. 

 

El desamor duele más cuando es romántico. ¿Y qué es amor romántico? Aquel que la sociedad define como eterno, exclusivo, incondicional y sacrificado. Elementos que nos abocan al sufrimiento cuando el vínculo entre dos personas desaparece, como es el caso de una ruptura. 

 

¿Por qué es tóxico? Porque exige mucho de ti, demasiado. Sacrificio y anulación de tu propia persona, en muchas ocasiones. Se trata de un amor idealizado que lleva a la frustración tarde o temprano. El amor romántico nos hace creer que seremos salvadas (negándonos así el papel de agente cambiador y situándonos en el de víctima que tiene que ser rescatada), y cuando esto no ocurre, el sueño se rompe, y duele mucho más. 

 

En el amor romántico la mujer suele desempeñar un papel pasivo, siempre a la espera, siempre pendiente de las atenciones que el otro quiera brindarnos. Nos atenaza la culpa cuando algo no va bien, nos frustramos cuando no se cumplen las altas -y muchas veces irrealizables- expectativas que nos habíamos creado. Nos sentimos mal cuando no conseguimos que esa “Bestia” finalmente se convierta en el príncipe que Bella ha conseguido cambiar.

 

Porque intentamos que la otra persona cambie y se ajuste a lo que realmente no es. Y cuando llega la ruptura, porque tarde o temprano llega, sentimos que no hemos sido suficiente. Que no hemos sido esa persona especial que sí que hubiera conseguido hacer que cambie, hacer que quiera tener una familia, que quiera comprometerse de otro modo (una boda, ¿quizá?). Por eso el amor romántico, y su desamor, duelen más, porque nos rellena de culpa, de insatisfacción, de insuficiencia, de dependencia. 

 

Creemos vínculos desde la igualdad y el apego sano. Llevemos adelante proyectos conjuntos, pero sin negarnos nuestras propias identidades. Sin olvidarnos de quiénes somos y qué queremos. Borremos esa imagen de Bella y Bestia, porque la Bella al final también se cansa de intentar salvar a almas atormentadas que no quieren ser salvadas. 

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